Collette LeSange es una artista de alma bohemia y misántropa, que tiene a su cargo una destacada escuela de bellas artes, poblada mayormente por los hijos de los más importantes aristócratas del norte de Nueva York. Con una belleza incandescente y una juventud que eclipsa, nadie sospecha que la muchacha oculta un secreto demasiado oscuro.
Hace siglos que Collette carga con la nostalgia y el dolor más desgarrador: su abuelo tomó la drástica decisión de convertirla al vampirismo (algo nunca dicho, pero que es más que explícito) y hacerla inmortal como él. En la actualidad de esta novela corre el año 1984, y el presente de Collette da un giro de 180 grados con la llegada al instituto de un pequeño de gran talento (el cual proviene de un problemático y disfuncional hogar). El retorno de una presencia de su pasado que la acosa sin cesar y su propia necesidad de sangre harán difícil la situación actual de LeSange, la cual es cada vez más opresiva y amenazadora.
Ópera prima de Jacqueline Holland, la estadounidense logra combinar un lenguaje increíble, repleto de una intriga escalofriante y conmovedora que realiza cirugía a corazón abierto a la complejidad humana y que intenta echar claridad sobre la dicotomía de reconocer la vida como una bendición o una real condena. Pero por sobre todas las cosas, que se aleja de las clásicas historias de terror, las cuales se nutren del horror sanguinario.
Esta es una historia concebida desde la oscuridad, atravesada por la profunda tristeza y con un cierre que se baña en melancolía, pero que se alimenta de ciertos halos de luz, para poder ir y venir entre ambos mundos.
Relatada en dos tiempos, aquí encontraréis un abundante caudal de personajes (y sus diferentes historias) que hicieron de la protagonista la mujer que es en la actualidad. Os debo admitir que hay que destacar, sin lugar a dudas, el peso en la historia que tiene el abuelo, el hincapié no se desliza sobre ellos en su totalidad, sino que siempre está puesto en un hilo conductor que se vuelve asfixiante: la inmortalidad. Y es que Collette se muestra a sí misma como la soledad en persona. Vivir eternamente se convierte casi en un suplicio para ella, quien a lo largo de su existencia se ve obligada a cambiar constantemente de lugar para residir, de identidad y, sobre todo, jamás puede someterse a la idea de concretar un amor o incluso una amistad, ya que su condición sería descubierta con el tiempo.
El trabajar con niños la somete a otro demonio con el que debe luchar: su sed de sangre. Y es aquí donde quizá veamos uno de los lados más sensibles de la mujer protagonista, quien deja aflorar un costado maternal que ella misma construyó con los años y que erigió como escudo por sobre todas sus necesidades animales. Con una pluma mágica, Holland destaca al momento de detallar diferentes estados de ánimo, logrando que su propio dolor se nos haga llaga en la piel, y que sus propias lágrimas surquen vuestras pupilas.
La ilustre autora Jennifer Saint (autora de Electra y Ariadna), describió El Dios de los finales como: “Sobrecogedora y evocadora, esta novela es un bello viaje a través de los siglos de una vida de lo más singular. Explora el dolor de la pérdida y el luto, así como la fragilidad y la resistencia paradójicas del amor. Despierta preguntas intensas que dan que pensar sobre la maternidad y los modos de vida, y sé que el final se quedará conmigo durante mucho tiempo, en el mejor de los sentidos”.
Graduada en Escritura Creativa en la Universidad de Kansas, Jacqueline Holland nos ofrece una obra enigmática que, embelesada por sus atajos de ficción histórica, nos hace viajar por diferentes continentes en diferentes momentos de la historia, sobreviviendo a la caza de brujas, guerras, etc., con pinceladas de fantasía, obligándonos a pensar en nuestra propia vida, atravesada por amor y desamor, familia y rupturas, mitos y verdades. Así como la real concepción de la muerte, y al llegar a ella, reconocer si hemos sido humanos... o monstruos.

