Madrid no siempre
fue una ciudad decente. También fue, y durante siglos, un escaparate de
deseo, miseria, hipocresía y negocio. Burdeles, picaderos y lupanares nos
propone una travesía literaria, histórica y canalla por esa trastienda que
casi nadie cuenta o no quiere recordar…, la prostitución en nuestro país y,
muy especialmente, en Madrid, capital del meretricio. Con la prosa afilada de
Javier Rioyo, estas páginas recorren burdeles, mancebías, lupanares,
callejones, salones y casas de holganza y malvivir, recala en la Roma
imperial, la Edad Media, el Siglo de Oro y la modernidad, y nos enseña cómo
el placer y el …
Madrid no siempre
fue una ciudad decente. También fue, y durante siglos, un escaparate de
deseo, miseria, hipocresía y negocio. Burdeles, picaderos y lupanares nos
propone una travesía literaria, histórica y canalla por esa trastienda que
casi nadie cuenta o no quiere recordar…, la prostitución en nuestro país y,
muy especialmente, en Madrid, capital del meretricio. Con la prosa afilada de
Javier Rioyo, estas páginas recorren burdeles, mancebías, lupanares,
callejones, salones y casas de holganza y malvivir, recala en la Roma
imperial, la Edad Media, el Siglo de Oro y la modernidad, y nos enseña cómo
el placer y el poder han convivido desde siempre a la sombra de la moral
pública. Porque, detrás del discurso oficial, la ciudad ha tenido otra
respiración. Nocturna, clandestina, pícara y, a veces, trágica. Aparecen así los nombres y las sombras, las
mujeres impelidas a sobrevivir, los clientes respetables, los chulos, los
intermediarios, los censores, los médicos, los policías y los políticos.
También los cronistas, los artistas y los mirones, fascinados por ese mundo
que se condena de día y se consume de noche. Rioyo no moraliza. Narra,
recuerda, investiga y provoca. Y, al hacerlo, dibuja un fresco de España más real
que muchos manuales. Un país donde el cuerpo fue moneda, la hipocresía, ley
no escrita, y la doble vida, una tradición nacional. Un libro de historia y de
calle. De tinta y de piel. De memoria incómoda. Porque hay ciudades que se
explican mejor desde sus puertas traseras.