Camuflados bajo sonrisas encantadoras, halos de eficiencia y capacidades de gestión positivas, nuestras empresas albergan una nueva raza de directivos hasta ahora desconocida. Son el más claro exponente del mito del Dr. Jeckill y Mr. Hide: personalidades poliédricas, “alpinistas” organizacionales, maquiavelos a sueldo o narcisistas envidiosos que no dudan en utilizar los medios necesarios para justificar el fin.
Respaldados por la coartada de la creciente amoralidad de la sociedad, de un discurso políticamente correcto que viola todos los principios éticos y humanos y del pujante totalitarismo directivo, estos empleados campan a sus anchas en entornos donde impera la anestesia moral …