Desde su primera edición, este libro sostiene que generalizar el gusto por los libros sería más que deseable, pero al mismo tiempo se pregunta, y analiza, si realmente se han encontrado las vías efectivas para lograrlo sin imponer la lectura como materia obligatoria en las escuelas o asociarla al deber en los más diversos ámbitos sociales. La respuesta es clara: lejos de seducir a posibles adeptos, los mecanismos de fomento y promoción han conseguido todo lo contrario: ahuyentar a los potenciales lectores. A ello se suma el ultraje de desdeñar y vilipendiar a los no lectores, con posturas abiertamente moralizantes …